La literatura "joven"
Miguel Garacía Posada, el crítico sectario y papanata que, en palabras, también, de Antonio Rodríguez Jiménez, "se cree dios y por eso desprecia a los que ignora e ignora a los que desprecia", pontifica semanalmente, desde su poltrona de primera fila, en el suplemento literario de un diario del establishment. Y lo hace ejemplificando siempre con los mismos escritores o con libros publicados por las mismas editoriales. Pero ahora se ha decidido también a vaticinar. En una de sus últimas encíclicas, que lleva el mismo título que esta nota, el "cofrade mayor de los García clónicos" no sólo levanta acta de lo que, según él, es la única novela válida, la de sus protegidos, sino que dicta cual deberá ser editada en el futuro por sus protectores. Resumo brevemente los puntos más llamativos de su cascado panfleto macedonio:
-Llegados a la edad de la realidad virtual y de los ordenadores, todo parece indicar que hemos tocado fondo en el experimentalismo literario. El lenguaje, materia prima de la novela, tiene sus límites formales.
-La literatura "nueva", la verdadera literatura "joven", es hoy la que dialoga con la tradición y busca nuevos acentos, siempre desde la perspectiva de hablar de los problemas de la gente.
-Este fin de siglo camina de manera acelerada al encuentro de una literatura que plantee los problemas de la gente de la calle y que haga de la literatura un mundo que tenga que ver con nuestro mundo, con el mundo del lector, que quiere reconocerse en los personajes de las novelas.
-La presencia de la literatura en los hábitos y modos de la gente vendrá por ahí o no vendrá.
* * *
¡Cuánta vulgaridad para justificar lo vulgar! ¡Cuánta pedantería, para ensalzar el error! ¡Qué torpe invocación a "lo joven", a "lo nuevo", para solapar una actitud reaccionaria! Porque reaccionario es, en grado inconmensurable, rechazar el experimentalismo en nombre de la tradición. Si se leen detenidamente los artículos de su fe, el autoproclamado arúspice no hace otra cosa que reivindicar -¡a estas alturas!- el naturalismo costumbrista.
La materia prima de la creación novelística no es el lenguaje, como el profeta clama, sino la forma de presentación de la realidad de ese segundo mundo en que la novela consiste y, en tal terreno, la experimentación no sólo no puede tocar fondo jamás, sino que es inagotable. Presupuesta, naturalmente, la existencia de un auténtico creador.
¿Por qué no sería un problema de la gente, un problema de todos, el del aislamiento y la incomunicación con su entorno que padece Gregorio Samsa? O ¿por qué no se podría expresar de la forma en que lo hizo Kafka? ¿Por qué no, precisamente ahora, el problema del mal invadiendo el tierno espíritu de unos niños? ¿Y por qué vetar su planteamiento como lo realizó Henry James en Otra vuelta de tuerca? La presentación, la representación, de la realidad de cada día no tiene nada que ver con el juego o la apariencia, como su nombre lo indica, de la realidad virtual. Tiene que ver con lo que es la auténtica realidad, la realidad real, la cual se ha demostrado que no es la que por tal se venía teniendo desde Newton, sino la que han descubierto y configurado la relatividad de Einstein, la incertidumbre de Heisenberg, los quanta de Plank, etc., etc. Y el mundo del lector es -no puede ser otro- el mundo de todos, el único que existe, el que han erigido las nuevas concepciones de la física -y, tras ella, de la filosofía- que han iluminado con nueva luz desde la partícula más elemental hasta el último conglomerado de galaxias. Ignorar esto no es sólo no vislumbrar el siglo XXI, es no haber alcanzado siquiera el XIX. Flaubert fue mucho más moderno que los promocionados por García.
Siempre, siempre, el arte ha sido -es, debe ser, será- sobrerrealidad. ¿Quién se acerca a una novela para encontrarse, como pretende el vocero del sistema, con los problemas del transporte público? ¡Si hasta en las pubicaciones de información general busca la gente el mundo de Cenicienta o el de la Bella Durmiente! En cualquier caso, aunque una novela incorpore temas así, la experimentación en lo formal, de la que quiere hacer tabla rasa el inculpado, los diseñará de manera que, transfigurándolos, potenciándolos, poniéndolos en situación límite o en perspectiva simbólica, los convierta en encarnadura estética. Y esas posibilidades de experimentación, que ve agotadas el crítico, son inagotables. La mecánica quántica asegura que las posibilidades de universos diferentes son infinitas. Como infinitas son las de representarlos, las de jugar, experimentalmente, con sus reflejos múltiples.
A juzgar por lo que escribe, el sedicente pregonero de "lo nuevo" ignora o desprecia a una serie de jóvenes novelistas que, hoy día, en unión de algunos mayores, promueven la novela relativista y quántica. Debe de ser porque desconoce la obra de Antonio Enrique, Gregorio Morales, Pedro J. de la Peña, Antonio Rodríguez Jiménez, Ramírez Lozano, Martínez Cerezo, Antonio Hernández, Villar Raso, Miguel Angel Diéguez, Angel García Galiano, Ana María Navales, Ángela Vallvey, Adelaida García Morales, Miguel Baquero, etc., por lo que se atreve -la osadía es cualidad de los ignorantes- a promover, en el umbral del tercer milenio -el milenio en que se logrará establecer sin duda la teoría del campo unificado-, el realismo costumbrista. Si no fuera el obtuso ser que revelan sus escritos, se estaría tentado de achacarle la maquiavélica maniobra de, en nombre de bastardos intereses, pretender cegar las fuentes de la imaginación, facultad en la que se ha cifrado siempre la salida de las grandes crisis de la historia, porque potencia la individualidad -los indivíduos son los quanta de la sociología-- tanto como combate el dogmatismo y la manipulación.
M. Asensio Moreno
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