Ellos se juntan

Una tarde clara de otoño madrileño, estando yo en una taberna de la calle de Hortaleza, aconteció que arribaron ferro al mismo establecimiento Arturo Pérez Reverte y Javier Marías, los dos vestíos de tera mare, según la terminología feroz. Iban de estreno, seguramente, pues a sendos les colgaba de los faldones la etiqueta “rebajas” de Almacenes Arias, donde se suelen vestir los habitantes del agro castellano, con su olor a cebada y a terrones. El primero, viendo correr las cucarachas de dos en dos por la estantería, comentó:

-Me recuerdan a los marines de Castilla, tan disciplinadas.

-¿Es a mí?- preguntó el dependiente, vestido de gondolero.

-No. A ti lo que te pido es que sacies mi abrasadora sed. Tengo mis viriles fauces resecas.

-Dígame el señor. ¿Qué le pongo?

-Pues un vaso de burraco, con agua de marniche, creo que será el mejor rebenque.

-¿Y de comer?

-¿De comer?, una cabeza de ajo maestral con pierna suelta de Argel. Y una berenjena pica-pica en Flandes.

El gondolero, dirigiéndose a Marías:

-¿Y el señor?

-Que sean sendos de lo mismo o quizá no lo sean.

-Vale.

-Pero, por favor, limpie antes con la bayeta o trapo el mostrador o quizá sea mesa, pues, al posarlas o ponerlas, se me ha mojado el envés de mis sendas manos.

-Ipso facto y cuarta al griego.

Chilló De Reverte:

-No te burles, folloncico, o te cuelgo en un avemaríapurísima del mesana latino. Que, para cachondeo, ya están los infanzones de Illescas y La Fiera Literaria. ¡Trae presto las viandas!

-¡Sórdenes!

-Ya ves, frater Marías, cómo se las gasta la plebe.

-Lo vengo observando, capitán. Hace meses que tengo la mirada puesta en el pueblo llano, para aumentar mi conocimiento trabado de su comportamiento.

-Bueno, que nos hemos olvidado de nuestro grito patriótico. ¡A la una, a las sendas, a las tres!

Chillaron sendos a la vez:

-¡Santiago, Santiago, y cierra España! ¡Cierra, cierra!

-¿Santiago juega en el Madrid? –preguntó Marías.

Y el dependiente para su tabardo:

-E os den or ulo, cacho gilis.

-¿Qué Madrid, enano? El Madrid todavía no se ha inventado.

-Entonces ¿qué es eso del Bernabeu?

-¡Eso es el campo de batalla, por Júpiter!

-¿Y ese grupo agrupado en la puerta?

-Esa es la soldadesca, que reza maitines y completas antes de entrar en combate.

-¿Estarán hablando en serio? Me preguntaba yo, mientras masticaba un pepinillo con aceituna y cucaracha.

Y me autorrespondí:

-Sin duda alguna. Porque ninguno de los dos tiene cara de gracioso. Más bien, de risibles y giliportillones.

-¿La soldadesca? –siguió Marías- Se ve que la dignidad los ha hecho dignificarse. O eso pensaba cuando lo pensé y me preguntaba si debía preguntarles.

-A mí lo que me importa –dijo Pérez- es que, según Galileo, sus huevos tienen siete centímetros más que los de los turcos.

-Pues yo –replicó Marías- conozco a una mujer que no tiene huevos. No sé cuando la vi, ni sé si la he visto ahora, ni si ha sido la primera vez que la veo, porque estaba lejos y además hacía viento. Y esto me recuerda que me esperan mi esposa recién contraída y mi hijo nuevo.

-Ah ¿tienes ya una hembra propia? Pues yo he visto esta tarde a una torda de las de antes que…

-¿Una cuyo pelo consistía en una larga melena?

-No, una pechugona, tetuda, muslar, culona, vaquiforme… Y voy a volver a su territorio a ver si la encuentro. Le digo que le voy a enseñar esgrima y, en vez de sacar la espada, saco… ya sabes. Nunca falla.

-Qué macho eres, Pérez. Especimenes megadotados como tú es lo que necesitan en la Academia.

-¿Eso crees? Pues ya han metido a dos mujeres, aunque sean de escaso velamen y cuarta al griego.

-¡Ya! A este paso, cualquier día nos meten a un negro.

Y añadió:

-Estamos dentro de una sociedad decadente que continuamente decae, aumentando su decadencia… Mira las octavillas que han repartido hoy, si ya no las han barrido los barrenderos del suelo.

-Eres un barroco, Xavi.

-Y tú un clásico.

-Eso ha dicho Paquito Rico.

-Ya lo he captado en el periódico y catapultado a mi amigos

-Rico parece tonto, pero conmigo atina siempre. Todos los días habla de mí y me hace la laudatio.

-¿Eso te hace? ¡Qué cochino!

Isidoro Merino

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